Fogueres

—Ya sé, ya sé —dijo Cohen—. Creo que empiezo a captar la idea. ¿Es que esa gente no aprueba nada?

Bula meditó un momento.

—Quemar cosas —dijo por último—. Eso se les da muy bien. Libros y demás. Hacen unas hogueras enormes.

Cohen palideció.

—¿Hogueras de libros?

—Sí. Es horrible, ¿verdad?

—Desde luego —asintió el Bárbaro.

Le parecía espantoso. Cualquiera que se pase la vida con el cielo como techo conoce el valor de un buen libro gordo, que basta para encender el fuego durante toda una estación si se sabe cómo arrancar las páginas. Más de una vida ha sido salvada en una noche de nieve por un puñado de hierba y un libro bien seco. Si quieres fuma y no tienes pipa, siempre puedes contar con un buen libro.

Cohen tenía idea de que la gente escribía cosas en los libros. Siempre le había parecido un horroroso desperdicio de papel.

[…]

Un par de discípulos de la estrella alimentaban el fuego con libros procedentes de una casa cercana, cuya puerta había sido derribada y pintarrajeada con estrellitas.

[…]

Trocitos retorcidos de papel quemado ascendían en el aire caliente y flotaban sobre los tejados.

—¿Qué hacéis? —preguntó.

[…]

—Limpiamos el Disco de maldad. [p. 201-202]

Terry Pratchett. La luz fantástica. Barcelona: De Bolsillo, 2004. 276 p. ISBN 84-9793-178-5.

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