Francisco Columna, II

Quan es parla de fulletons se sol pensar de seguida en literatura de mala qualitat per a «les masses illetrades». Algú diria que Dickens o Tolstoi feien mala literatura? No, oi? Doncs algunes de les seves novel·les més conegudes foren publicades originalment en forma de fulletó, una manera força habitual de publicar novel·les…

—Vaja, home, ja ha sortit el mestretites amb les pedanteries…

Que no, que no, si només ho faig a manera d’introducció a la meva participació en el repte que proposa en Iulius de Bibliotecosas (estrella convidada de la quinzena al meu blog)*: publicar com si fos un fulletó un conte de Charles Nodier, «Francisco Columna», en fragments esparsos per diversos blogs. Ell va començar ahir i avui em toca a mi seguir-lo i publicar-ne un altre fragment. També podríem publicar-ne un que tinc a casa, Los crímenes de Diavolina, de Carolina Invernizio, però a part de ser més llarg que un dia sense pa (o que un diumenge a la feina sense aire condicionat), és també força dolentot i… «fulletonesc».

Així doncs, anem a Charles Nodier i «Francisco Columna»:

[]Y entramos en la tienda de Apóstolo, al que encontramos con la pluma suspensa sobre unos papeles y como absorto en graves meditaciones. Tardó algo en percatarse de nuestra presencia, y pareció alegrarse cuando reconoció la inconfundible figura del buen Lowrich.

—Querido abate —dijo abrazándole—, es Dios quien le trae a usted aquí para sacarme del atasco mayor en que me vi en todos los días de mi vida. Desde luego sabe usted que desde hace unos meses publico la Gaceta Literaria del Adriático, la cual, según el sentir general, es la más docta y más espiritual de todas las Gacetas de Europa. ¡Ay! Esta sabia y chispeante Gageta, que será la admiración del mundo y que restaurará mi fortuna, es posible que no pueda publicarse mañana porque faltan seis tristes columnas de folletín, y en vano exprimo para escribirlas mi imaginación, cansada por los estudios y los negocios. Parece que el espíritu maligno está empeñado en mi ruina y me trastornó la redacción. La muchacha rusa que escribe los artículos de educación y de moral está de parto; el improvisador que debía enviarme una bella canción de un género completamente nuevo me dice que aún tardará ocho días en terminarla, y el sesudo especialista que trata los asuntos de Hacienda y de Economía política entró preso por deudas esta mañana. ¡Por lo que usted más quiera, estimado abate, siéntese en esta mesa, donde sudé la gota gorda toda la noche sin acertar a escribir ni una línea, e hilváneme cinco o seis páginas de algo, aunque sea una novela que no haya servido más que dos o tres veces!

—Perfectamente —replicó Lowrich—. Nos queda tiempo para ocuparnos en tus asuntos, pero antes vamos con los nuestros, porque ni mi amigo vino de París ni yo de Noruega para suplir a un improvisador haragán ni para corcusir un folletín, sino para ver algunos libros que valgan por lo menos lo que nos costó el viaje: alguna edición príncipe bien cuidada, algún incunable de buena fecha y buena conservación, algún aldino de valor al que los encuadernadores franceses e ingleses se hayan dignado conservar los márgenes. Empecemos por aquí, si puede ser, y luego veremos. Un folletín se hace pronto.

—Como usted quiera —dijo Apóstolo—, y me avengo a lo que se me pide de buena gana, porque el examen no durará mucho. No tengo más que un volumen digno de ser examinado por peritos como ustedes. ¡Pero es un ejemplar! —y despojaba de triple envoltura de papel un libro en folio, de bello aspecto—. ¡Un ejemplar! —repetía en tono solemne—. ¡Lo que se dice un ejemplar!…
Y lo ponía en manos del abate mirándole orgulloso.

—¡Malhaya! —murmuró Lowrich, después de haber examinado rápidamente, según su costumbre, el tesoro desconocido.

Luego se volvió a mi bien diferente de lo que antes era, caídos los brazos, triste la mirada, pálida la frente.

—¡Malhaya! —gruñó en francés con voz tan baja que sólo pudiera oírla yo—. Este libro condenado es precisamente el que prometí regalarte si le encontrabas aquí; es el Polifilo en la edición original. ¡Bello es el maldito; te respondo de que está como si acabara de salir de la prensa! ¡Estas desgracias no le ocurren a nadie mas que a mí!…

—Tranquilízate —contesté riendo—; quizá le tengamos más barato de lo que tú crees.

—Maestro Apóstolo —dijo el abate—. ¿Cuánto vale esta rareza?

[]

De l’exemplar de Iulius: NODIER, Charles. Lydia y Francisco Columna: dos cuentos. Madrid: Calpe, 1923. 88 p.

La continuació, a ca les deakilleres.

* Noti’s el matís irònic de la frase, sense ànim d’ofendre i només com a constatació d’un fet: la presència d’en Iulius en les dues últimes notes.

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